La paradoja de no querer sentir y tener miedo

Los mundos infantiles son increíblemente prolijos en una imaginación que desborda, embarga y transforma objetos cotidianos en tesoros con atribuciones mágicas. Todo cabe cuando el marco mental es ameboide, con límites difusos, donde se permite colorear saliendo de la línea del contorno marcado por lo esperado y lógico.

En el sustrato fértil de la imaginación de un niño o una niña, a veces, germina la semilla del miedo. Y crece como una planta carnívora que devora su identidad, recortando su personalidad, provocando la necesidad vital de que todo esté tranquilo. Y la única forma es bajar la intensidad al volumen de la vida.

Y deciden que no sentir es una solución muy útil. Y lo es… hasta que se cobra el precio.

La vida es intensidad. En ese contraste de texturas emocionales caminan esas personas como funambulistas que no se pueden permitir perder el equilibrio. Es un estado de máximo esfuerzo y concentración. Parece equilibradas y ecuánimes, esconden un secreto que han olvidado en un pacto diabólico con la supervivencia.

Este acuerdo conlleva disfrutar poco, pues no sentir no se circunscribe a una gama de emociones “negativas”. Cuando se compra el pack, se compra todo. Es un acto inconsciente de alienación con la esperanza de que el tiempo transcurra amable y que las noches sean silenciosas.

Pero no cuentan con que la vida les ama. Y mucho.

Requieren un exorcismo. La semilla de la renuncia a vivir, implantada por el miedo, tiene que ser expulsada. Para ello hay que provocar a la bestia.

¿Es cruel la vida? ¿Por qué no lo hace desde el amor? Porque cuando dejas de sentir has dejado de amarte. Son “inmunes” al antídoto. Pero todavía siguen siendo muy sensibles al miedo…

Cuando ya son personas adultas, y vuelven a experimentarlo, el auto mandato de no sentir lo bloquea. Aparentemente. Pero la planta carnívora ha empezado a despertarse. Al rechazar lo que está enraizado en ellas aumentan su falta de amor y eso provoca tal nivel de sufrimiento que se experimenta el pánico. La reacción “lógica” es buscar una anestesia ahí fuera, en el mundo exterior. No funciona.

La vida tiene de todo en su arsenal, menos anestesia. ¡Porque la vida es intensidad!

El pánico crece y choca contra la coraza creada para no sentir. Estaba diseñada para que no entrara el miedo desde fuera, pero se convierte en cárcel cuando surge de dentro. Es un mecanismo que funcionó en el pasado. Es inadaptativo en el presente.

Sólo la decisión consciente y firme de abrazar el miedo, no como negociación con la vida, sino como demostración de amor propio, permite despertar al niño y la niña que quedaron estrangulados por el tallo de la planta del miedo. Entonces, empezarán a golpear la coraza desde dentro.

Es la señal para la vida de que el amor ha renacido. Solo entonces, las personas y circunstancias que les rodean comienzan a golpear la coraza de forma sincronizada con el interior.

Como un muro de Berlín, la coraza inexpugnable se derrumba.

La vida renace y puede volver a doler…, pero ya se ha aprendido a sentir.

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